Categories: Gastronomía

by Laura GªMorey

Categories: Gastronomía

Por Laura GªMorey

Alberto Sobrino transforma una finca entre los ríos Tajo y Jarama en un proyecto que une agricultura, ganadería, gastronomía y educación ambiental, recuperando una forma de producir y cocinar que comenzó hace más de medio siglo con su familia

A pocos kilómetros de Aranjuez, entre los ríos Tajo y Jarama, hay un proyecto que propone volver a mirar hacia el campo para entender mejor lo que llega a nuestra mesa. La Granja de Aranjuez, impulsada por el empresario y hostelero Alberto Sobrino, recupera una idea que durante generaciones fue completamente natural: cultivar, criar, cocinar y aprovechar los recursos de un mismo entorno.

Más de 250 ovejas manchegas, medio centenar de cabras, aves, una extensa huerta y, próximamente, terneros de raza limusina y cerdos forman parte de una explotación que busca abastecer los restaurantes de la familia Sobrino y, al mismo tiempo, acercar el mundo rural a quienes prácticamente han perdido el contacto con él.

Pero para entender por qué existe esta granja hay que conocer primero una historia familiar.

Una huerta que comenzó como un legado

El origen emocional del proyecto se remonta a 2025, cuando falleció el padre de Alberto Sobrino. Poco antes había terminado de sembrar el huerto de la finca. Aquella tierra recién plantada se convirtió, de alguna manera, en su última obra.

Alberto llevaba años imaginando un proyecto relacionado con el campo, pero dejar aquel huerto abandonado no era una opción. La familia decidió continuar lo que había comenzado y aquel gesto terminó impulsando algo mucho mayor.

La granja es hoy un proyecto agroalimentario en crecimiento, pero conserva esa memoria en cada rincón y especialmente en su huerta.

Allí sobreviven cultivos que forman parte de la historia agrícola de la zona. Entre calabacines, pimientos, cebollas y lechugas crecen una decena de variedades diferentes de tomate, incluido el denominado “tomate enano” de Aranjuez, de piel fina, que el padre de Alberto llevaba décadas cultivando.

“Lo que queremos es conservar unos valores que se están perdiendo”, explica Sobrino.

De la granja directamente al restaurante

El planteamiento de La Granja de Aranjuez resulta sencillo de explicar aunque mucho más complejo de ejecutar: producir buena parte de los alimentos que después se servirán en los restaurantes familiares.

La explotación cuenta actualmente con más de 250 ovejas manchegas y 50 cabras destinadas a la producción de cabrito nacional, además de diferentes especies de aves. El proyecto seguirá creciendo con la llegada de terneros de raza limusina y algunos cerdos.

La producción tiene como destino, entre otros, El Paraíso y El Volante, los dos establecimientos que la familia regenta en Ciempozuelos.

De esta forma, la expresión “de la tierra a la mesa” deja de ser aquí una frase bonita escrita en una carta para convertirse en una forma literal de trabajar.

Los productos de la huerta llegan a las cocinas, mientras que los propios recursos de la explotación vuelven al campo. El abono generado por los animales se utiliza en la finca y en los cultivos y parte de lo producido sirve también para alimentar al ganado, buscando crear un circuito en el que se aprovechen al máximo los recursos.

Alberto, sin embargo, prefiere no poner grandes etiquetas a su manera de trabajar.

“No se trata de un proyecto ecológico en el sentido estricto, sino de una producción natural, sin fertilizantes ni pesticidas. Tal y como se hacía antes”, explica.

Una granja para volver a ensuciarse las manos

Quizá una de las partes más interesantes del proyecto sea precisamente que Alberto no quiere que La Granja de Aranjuez sea únicamente un lugar donde producir alimentos.

Su intención es abrir progresivamente la finca a visitantes y convertirla también en un espacio de divulgación y educación ambiental.

La idea es que familias, profesionales y amantes de la naturaleza puedan acercarse a la realidad cotidiana del campo: alimentar a los animales, recoger tomates o pimientos de temporada, descubrir cómo se cultiva una huerta e incluso pasar una noche en plena naturaleza.

Una experiencia que puede parecer sencilla para quien haya crecido en un pueblo, pero que resulta cada vez más desconocida para quienes han vivido siempre en una gran ciudad.

“La mayoría de los niños saben perfectamente dónde está un teléfono móvil, pero muchos desconocen de dónde sale un tomate o cómo se produce la carne que consumen”, reflexiona Sobrino.

La granja pretende precisamente recuperar esa conexión.

Porque antes de aparecer perfectamente colocado en la estantería de un supermercado, cada alimento tiene detrás una tierra, una temporada, unas manos y un tiempo que no siempre conocemos.

Una historia que empezó en una taberna en 1974

La relación de los Sobrino con la gastronomía tampoco comenzó ayer.

Hay que remontarse a 1974, cuando los padres de Alberto pusieron en marcha un pequeño negocio hostelero en Ciempozuelos. Su padre, que hasta entonces había trabajado como camionero, decidió cambiar de vida y abrir una taberna.

Aperitivos tradicionales, raciones sencillas y cocina popular fueron construyendo poco a poco un negocio familiar que, más de cincuenta años después, continúa creciendo.

Alberto estudió cocina en la Escuela de Hostelería de Aranjuez y realizó prácticas junto a Paco Roncero, aunque él mismo reconoce que buena parte de lo aprendido ha llegado trabajando cada día.

Su manera de entender los negocios tampoco parece demasiado amiga de los planes a largo plazo.

“No tengo metas, las vas escribiendo día a día”, asegura.

Y quizá esa filosofía explique cómo aquella taberna familiar de los años setenta ha terminado conectada, medio siglo después, con una explotación agrícola y ganadera que quiere cerrar el círculo entre el origen del producto y el restaurante.

Cocina castellana con producto propio

En El Paraíso y El Volante, esa relación con la granja empieza a percibirse directamente en los platos.

La propuesta mantiene el carácter de la cocina castellana tradicional, con verduras y hortalizas recién recogidas, guisos, asados de cordero y cabrito y recetas que cambian al ritmo de las temporadas.

Aquí el producto quiere imponerse a las modas. Y entre toda esa cocina salada hay también un clásico que se ha ganado su propia fama: la torrija de la casa.

La filosofía es coherente con el resto del proyecto. Si una parte cada vez mayor de aquello que llega a la cocina procede de la propia finca, el cocinero conoce no solo quién lo ha producido, sino también dónde y cómo ha crecido.

La tercera generación

La historia tampoco parece terminar con Alberto.

Su hijo Darío se está formando en gastronomía y representa ya la tercera generación de una familia vinculada durante más de cincuenta años a la hostelería.

Cuando habla de su padre, lo define como “mi ídolo” y destaca especialmente su capacidad de trabajo y su empeño en sacar adelante aquello en lo que cree, incluso cuando los demás aseguran que no es posible.

Es precisamente esa perseverancia la que ha convertido una finca familiar en algo mucho más ambicioso.

Recuperar el campo para entender lo que comemos

La Granja de Aranjuez todavía tiene camino por recorrer. El ganado seguirá creciendo, llegarán nuevos animales y las experiencias destinadas a visitantes irán tomando forma.

Pero detrás de todo ello permanece una idea que resulta especialmente actual: volver a conectar la gastronomía con el lugar del que procede.

En una época en la que podemos comprar prácticamente cualquier alimento en cualquier estación y pocas veces nos preguntamos cómo ha llegado hasta nosotros, Alberto Sobrino propone hacer el camino contrario.

Volver a la huerta. Conocer al animal. Respetar las temporadas. Cocinar aquello que produce la tierra.

Y hacerlo a pocos kilómetros de Madrid, recuperando un legado familiar que empezó en una pequeña taberna hace más de cincuenta años y que hoy mira hacia el futuro sin olvidar algo tan elemental como de dónde viene lo que ponemos en el plato.

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